A escasos tres días de haber llegado a Mzuzu, norte de Malawi, para estudiar la lengua Chitumbuka, que utilizaré en la nueva misión a la que iré, me piden que celebre la Misa Dominical de 8am para niños y 10am para adultos. Se trataba “solamente” de celebrar la Misa (otro sacerdote daría la homilía), aún así estaba más nervioso que ni en mi Canta Misa.
El hecho de tener la oportunidad de invocar a nuestro Dios para que trasforme el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo, me animó a lanzarme, además del grupo numeroso de niños (mas de 200) que esperaban al Sacerdote con regocijo y cantos de fiesta. Todo fue como un imán que me atrajo gozosamente, aún percibiendo todas las miradas fijas en mí por ser el nuevo, el extranjero, el que no conoce todavía nuestra lengua.
No obstante los mil errores de pronunciación que he de haber tenido, traté de dar lo mejor de mí para llevarlos a participar del Banquete Eucarístico que Cristo había ya preparado para todos los presentes. No puedo expresar con palabras la experiencia que tuve durante el Rito de la Paz, cuando bajé a saludar por lo menos a aquellos que estaban en las bancas de la orilla, apenas bajé y todos se abalanzaron extendiendo sus manos para saludar al sacerdote, en varias ocasiones hubo dos o tres manos empalmadas a la mía.
Y qué decir de los rostros de alegría, ingenuidad, simplicidad, sin malicia alguna. Se vino a mi mente la imagen del Evangelio donde los niños que se acercan a Jesús para ser bendecidos. Pero a su vez no pude quitar de mi mente la imagen de sus posibles familiares, sin duda, algunos de ellos son huérfanos, otros tendrán que trabajar para salir adelante, muchos de ellos están privados de ir a la escuela.
Pido una oración por éstos y todos los niños del mundo que viven injusticias, hambre o abusos de cualquier índole.








